
La quietud de la sala de espera se vio turbada por el sonido de los cascabeles que ella llevaba entre los cordones de sus botas. Caminaba de forma resuelta, buscando el nombre de su médico en los carteles que señalaban la puerta de cada consulta a lo largo del pasillo. Cuando lo encontró se dirigió al banco más cercano mientras paseaba la mirada por los allí presentes. Detuvo sus ojos en mi un instante pues yo había hecho una pausa en mi lectura y la miraba fijamente.
Desconozco qué reflejaba mi propia expresión pero ella la ignoró y tomó asiento. Yo sí recuerdo claramente en qué estaba pensando: ella era preciosa.
No le quité ojo de encima tratando de no rebasar los límites de la discreción. Ojos claros, pelo castaño con reflejos rojizos y tez pálida de rasgos definidos. Parecía la protagonista de una serie de aventuras.
Absorto en la degustación de su belleza, mi atención se vio interrumpida por la llegada de un nuevo paciente a la sala. Un hombre mayor que se dirigió directamente a mi heroína de cuento con la falta de preliminares que da la convivencia: "no es la puerta cuatro, es la siete".
"¿Estás seguro?". Su voz. Era clara, no dulce pero vital. Era una voz perfecta para esa cara, ni brusca ni con la agudeza infantil de quien inconscientemente pide protección. Era la voz tranquila y serena de quien sabe adónde va y por dónde tiene que ir.
"Sí, me lo acaban de confirmar". Se levantó y acompañó al hombre a la siete.
Los cascabeles pusieron la banda sonora al espectáculo que me supuso verla caminar a lo largo del pasillo. Me gustó su hermosa melena hasta la mitad de la espalda. Poco más abajo terminaba la camiseta y se podía disfrutar de una cintura libre de tatuajes que se convertía en el nacimiento de la cadera cuyo balanceo me hipnotizó por unos instantes. No era sensual ni cadencioso, era... natural, regular, casi discreto pero innegablemente femenino. El paisaje se volvía más discreto con una discreta falda que terminaba justo antes de las rodillas. Bajo éstas, las botas y dominándolo todo los cascabeles.
Se sentó lejos, con la misma sencillez con la que había llegado. A mi me llamó mi médico y cuando salí ya no había rastro de la chica de los cascabeles. Apareció de la nada y volvió a ella tras dejarme conocer su existencia. Aún ahora al recordarla me siento afortunado por aquellos instantes de revelación.
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